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Artículo publicado en: Sin categoría » Experiencias Educativas (num. 1)


Cada uno es responsable de su proceso de aprendizaje (el constructivismo)

El constructivismo parte de la responsabilidad del sujeto sobre su propio proceso de aprendizaje, es decir, dependiendo del proceso y estimulación que llevemos a cabo dentro de un aula, teniendo en cuenta también las características de cada alumno/a (personales y del entorno que les rodea), el aprendizaje podrá llegar a ser significativo o no.

A los docentes constantemente nos mencionan la importancia de establecer procesos constructivistas dentro de nuestras aulas, con lo cual solemos estar de acuerdo. Pero hasta que no nos encontramos dentro de una, con unas características determinadas y unos niños/as, cada uno de ellos/as diferentes, no nos planteamos la forma de abordar esta metodología, haciéndolos partícipe en todo momento, puesto que se consideran personas activas y creativas.

El primer obstáculo que nos encontramos es que la mayoría de nosotros estudiamos con otra metodología de trabajo que nuestros maestros/as tenían implantados en las aulas. Poco se sabía del aprendizaje significativo y de la participación activa del educando.

La propuesta constructivista parte de la relación establecida por el sujeto con el objeto de conocimiento y la manera cómo éste desarrolla su actividad cognoscitiva. Cada uno de nosotros (alumnos/as, padres, madres, maestros/as) percibimos la realidad de manera diferente, dependiendo de nuestros intereses y conocimientos previos.

Por eso se le da tanta importancia al aprendizaje significativo, ya que partiendo de conocimientos previos el alumno/a será capaz de relacionarlos con los conocimientos nuevos y así puede se capaz de ampliar sus esquemas cognoscitivos. Nos fijamos en aquello que nos importa. Por muy interesantes que sean los datos que se intenten enseñar, si no están acordes con la edad y las circunstancias que los rodean, no calan ni se convierten en experiencias significativas.

El manejo de los conocimientos que adquirimos, al ser percibidos por una o varias vías preceptúales, si son importantes para nosotros, los registramos, es decir, lo guardamos en la memoria. Este proceso sólo se da cuando los conocimientos son “interesantes y adecuados”.

El contexto que rodea a cada objeto de conocimiento y el lugar donde lo colocamos se basa en nuestras experiencias previas, por eso tiene sentido llamarlo constructivismo, porque se va construyendo un “edificio de conocimiento”, con unos cimientos previos sobre los que se edifica.

A partir de mis conocimientos sobre el constructivismo y de los datos que pude obtener de cada alumno/a que me asignaron, de infantil de cuatro años, en un colegio público, con un nivel sociocultural medio-bajo, intenté llevar a cabo una metodología constructivista con la cual pudieran obtener aprendizajes significativos.

La primera pregunta que me hice fue, qué rincones iba a poner en el aula y de qué material disponía. Pues bien, el aula era bastante amplia, lo cual me permitía organizarla con espacios amplios y opté por poner el rincón de lógico-matemáticas, el de la biblioteca, el de las construcciones, el del juego simbólico y el del protagonista (otra forma más de motivarlos). En cuanto a los materiales, no partía con muchos y además no había variedad, así que entre todos, aunque, claro, la idea partió de mi, decidimos elaborarlos haciendo proyectos, juegos con materiales reciclables (un tragabolas, busca la pareja en un cartón de huevo, unos prismáticos,…), etc.

El primer día me presenté y dejé que ellos mismos se presentaran (ya se conocían la mayoría del curso pasado), estuvimos hablando sobre sus gustos, características personales, etc., les expliqué cómo íbamos a trabajar y que ellos iban a ser los principales protagonistas del curso todo el año. Eso les pareció una idea genial, ¡”la profe” les iba a dejar actuar! Yo sólo me iba a limitar a dirigir el grupo, a establecer el camino que tenían que seguir.

Al principio, confieso que se me hizo muy cuesta arriba porque estaba acostumbrada a otra metodología totalmente diferente, una metodología en la que yo sólo me limitaba a explicar fichas y cada uno, en su sitio, en su grupo, la elaboraba. Ahora empezaba a trabajar con ellos desde el momento en que se sentaban en la asamblea, trabajábamos las matemáticas hablando de los números al pasar lista, ver cuántos habían faltado, qué día era, veíamos los días de la semanas, los meses y las estaciones, por lo que también se trabajaba la lectoescritura, etc., es decir, intentaba sacarle partido a todos los acontecimientos que se daban, tanto dentro como fuera del aula (en el patio, una excursión, una visita, etc.).

Pues bien, conforme iban pasando los días me fui dando cuenta de que los niños/as se iban haciendo cada vez más autónomos y responsables. Que a través de lo que ellos consideraban un juego, aprendían más rápidos, estaban quizás más motivados, más ilusionados. Todas las semanas cada grupo pasaba por todos los rincones y, al principio, yo iba supervisando uno por uno, hasta que se acostumbraron a ser ellos mismos, un poco, los que realizaran la actividad, cada vez con menos ayuda y se intentaran resolver los problemas que se le iban planteando (yo siempre dejaba que ellos pensaran primero y buscaran una solución a su “posible conflicto”).

Por otra parte decir que eran ellos mismos los que me iban marcando el ritmo de la clase e incluso los diferentes temas que veíamos en el aula eran propuestos por ellos muchas veces de forma indirecta.

A los educadores nos gusta, cuando estamos sensibilizados con la propuesta constructivista, dar un margen de libertad a los niños/as. Ellos interactúan con los objetos y los conceptos según sus necesidades.

Paradójicamente, las principales enseñanzas que recibimos los educadores provienen directamente de los niños; por ejemplo, cuando un niño te ofrece jugar con él al dominó, nos planteamos qué hacer para sacarle el mayor provecho a esa situación y, de repente, vez que el niño empieza a construir un castillo con las piezas. Como decía Piaget, los/as niños/as toman los objetos del medio ambiente y los usa según su propia madurez y necesidades. Es decir, cada niño va a buscar siempre una posible utilidad al momento en el que se encuentra, sin la necesidad de que alguien le tenga que decir nada.

En ese sentido, el constructivismo impulsa a retomar aquello que ya sabe un niño para ayudarlo a aprender más. Suele utilizar lo que le interesa y le es más cercano, para que el nuevo aprendizaje se acomode y enriquezca lo que ya comprende, formando un nuevo saber, un nuevo conocimiento.

Cada maestro/a sabe que sus alumnos/as tienen diferentes niveles de desarrollo intelectual, distinta moral, pensamiento crítico o aceptación de lo que escuchan. Cada uno tiene una forma de estudio única y capacidad de reflexión sobre sí mismo y su medio, sus propias motivaciones y responsabilidades y disposición para aprender y cooperar.

La conclusión a la que llegué, después de un curso entero, es que a los/as niños/as hay que dejarlos que actúen. A través de la observación y experimentación, interactuando con el medio físico y social, aprenden más. Un factor importantísimo es hacerles ver que son partícipes en todo momento, se sienten protagonistas y esa motivación les hace involucrarse más en las tareas individuales y grupales que se llevan a cabo, tanto dentro como fuera del aula. Ellos se dan cuenta de cómo avanzan, de los logros que van alcanzando. Es muy importante darles confianza y que ellos la sientan desde un primer momento.

“Los niños son personas muy agradecidas”.

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Información del artículo:

Fecha de publicación:
4 de noviembre de 2008

Autor/a:
Pilar Torija Escribano

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1 Comentarios


  1. JOSE CARLOS CLAUSTRO

    TOTALMENTE DE ACUERDO CON LOS PLANTEMIENTOS DE ESTE ARTÍCULO.
    SOMOS YA MUCHOS LOS DOCENTES DE INFANTIL QUE LLEVAMOS A CABO UNA METODOLOGÍA CONSTRUCTVISTA EN EL AULA Y, COMO COMENTA LA AUTORA, PODEMOS AFIRMAR QUE LOS RESULTADOS OBTENIDOS CON LOS ALUMNOS-AS SON FANTÁSTICOS.
    ENHORABUENA PILAR.


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